Primero, el consentimiento
La atención parte declarando su tipo, su nivel de confidencialidad y el consentimiento del estudiante para transcribir. Si es un tema sensible, el registro nace confidencial: ni el profesor jefe lo ve.
La pluma escribe mientras conversan
Mientras hablan, la conversación se transcribe en el momento. No queda ningún audio guardado: lo único que existe al terminar es texto, y el profesional puede corregirlo antes de seguir.
…me cuesta concentrarme desde el cambio de casa, pero en el taller de ciencias se me olvida todo
La IA ordena; el profesional decide
Del texto, el sistema propone el registro con la estructura que el colegio usa: objetivo, comentarios, acuerdos. El profesional lo revisa, lo corrige si hace falta y lo firma — nada se guarda sin una persona detrás.
Todo queda en la ficha del estudiante
El registro no muere en un archivador: se suma a la ficha 360 del estudiante, junto a su asistencia, sus protocolos y sus encuestas. La próxima persona que lo atienda parte sabiendo, no adivinando.
Y cuando hace falta un documento —para un apoderado, una derivación, la superintendencia— el informe sale imprimible, con membrete y firma.